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martes, 16 de febrero de 2010

Aurelio


Agonizaba la década de los 60’s cuando Aurelio García Montoya “Montoyita”, ya rozando la treintena, una tarde después de su enésimo fracaso como novillero en Valencia, y aconsejado por un amigo que le facilitó un contacto en Bogotá, decidió cruzar el charco para “hacer las Américas”.

Por aquel entonces, en España, el franquismo se resistía a desaparecer de un país gris y monocolor y los trenes se seguían llenando de gente que viajaba hacia el norte arrastrando pesadas maletas. Y “América” – lejanos tiempos – todavía era una palabra que se asociaba a riqueza y oportunidades. Así que hasta allí partió, con poco dinero y muchas dudas, este gitano sevillano, de la Alameda de Hércules, un día como otro cualquiera de principios de los 70`s.

Rápidamente entró en contacto con los toreros españoles que “desfilaban” por las ferias americanas. Compró y revendió telas para buscarse la vida. Viajó por la Sudamérica taurina (Quito, Caracas…), se adentró por el Amazonas y dio el salto a las islas del Caribe donde, para poder torear, pidió permisos especiales y montó corridas incruentas con cebúes – “lo más parecido que había a un toro bravo” - en lugares tan exóticos como La Martinica o Granada. Le fue mal y le fue bien. Ganó dinero y lo perdió. En sus idas y venidas, recaló en una isla en que pensó que “la gente debía pelearse mucho, porque todos llevaban grandes heridas”, para luego descubrir que aquello no era sino un gran leprosario por el que años atrás también pasara el “novélico” Papillón. Llegó hasta Santo Domingo y de ahí pasó a México donde, en el ecuador de la treintena, se enamoró de “una piel dulce de veinte años” y decidió echar raíces.

Para sobrevivir y sacar adelante a su nueva familia – mujer y dos hijos - , hizo de todo, hasta “maquillar” con betún negro las pezuñas de infumables jamones mexicanos para venderlos con gran éxito como “ibéricos”. La primera mitad de los 80´s le fue propicia y consiguió crear su propia empresa y comprarse una buena casa. Hasta que el “temblor” que asoló la Ciudad de México en el año 85, además de muchas vidas, se llevó por delante su negocio y sus ilusiones. Aquello le hizo plantearse el regresar a España pero finalmente desistió.

Como otras tantas veces, tuvo que reinventarse. Y hoy en día dispone de una pequeña flota de camionetas blindadas que escoltan convoyes de mercancías desde el DF hasta la frontera con Estados Unidos. Asegura que la “gripe A” ha afectado mucho a la frágil economía mexicana en general y a su negocio en particular. Pero ahí sigue él, trabajador incansable, siempre atento al teléfono, acostumbrado a los imprevistos y a los cambios inesperados…y, como todo mexicano, a no pensar nunca a demasiado largo plazo.

Gran amigo de Curro Vázquez desde la primera vez que coincidieron en México allá por el año 70, Cayetano y yo tuvimos la oportunidad de conocerlo hace unos 3 años, cuando vinimos a “hacer campo” por estas tierras. En aquella ocasión, nos recogió en el aeropuerto junto con Alejandro Otero – otro gran amigo de Curro –, y nos llevó directamente, y sin pasar por el hotel, a comer a un concurrido restaurante de la Zona Rosa llamado Casa Bell. Desde el primer momento me cautivó su personalidad: hombre apasionado y alegre, de buena conversación, su voz cascada de ex-fumador empedernido hace aún más personal si cabe su ya de por sí particularísimo acento a medio camino entre gachupín andaluz y mexicano. No se separó de nosotros en los 5 ó 6 días que pasamos por los alrededores de Querétaro. Luego volvimos a coincidir con él unas navidades en España.

Esta vez, como hace 3 años, también fue a recogernos al aeropuerto con Otero - otras circunstancias, otros tiempos. Por aquel entonces, la “Confirmación” era una posibilidad anhelada pero lejana, ahora es una realidad cercana -, fuimos a cenar a una taquería próxima al Hotel Presidente y Aurelio puso a nuestra disposición una de sus camionetas para que nos sirviera de transporte mientras estuviéramos en México. Nos informó de que él partiría en unos días a la feria de Quito y no estaría para la “Confirmación”, cosa que el maestro Curro Vázquez le “reprochó”: “Aurelio, ¿cómo te vas a perder ese día? Cambia el vuelo para poder estar aquí el 6”…El caso es que aquello debió estar toda la noche dándole vueltas en la cabeza al bueno de Aurelio hasta el punto de que, a la mañana siguiente, nada más levantarse, se pasó por el hotel para decirle a su gran amigo: “Curro, que me lo he estado pensando y tienes razón. Que no cambio el billete, que mejor lo anulo. ¿Qué coño hago yo en Quito estando tú aquí? ¡A la chingada! Mientras estés tú en México, donde tú vayas, voy yo”.

Y así es como se vino con nosotros al campo. Todas las mañanas, a las 8, pasa de habitación en habitación, despertándonos: “¡Arriba mis valientes!”. Pantalones de tela marrón oscuro, camiseta interior blanca de tirantes y zapatillas de deporte – única concesión que se permite a la modernidad: “Eso del chándal es algo nuevo en los toreros” -, camina alrededor de la finca dos horas a un ritmo difícil de seguir y luego entrena de salón con el torero con la misma ilusión de un chaval que está empezando.

Aurelio lleva 15 días en el campo con nosotros contagiándonos sus ganas de vivir, sembrándonos el alma de bellas anécdotas de su aventuresca vida y regalándonos frases tan entrañables como “que no vuelva yo nunca más a España si es mentira” o “con ése me apunto yo a una guerra perdía”... pura sabiduría vital.

Pues eso Aurelio, nosotros, contigo, también iríamos a una guerra perdía…


De izquierda a derecha: Cayetano, Aurelio y Ramiro Curá. En Campo Hermoso, después del tentadero.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Vera

Ya lo venían anunciando las previsiones meteorológicas desde hacía días: a partir del domingo, lluvia generalizada en todo el sudeste peninsular. Y no se equivocaron. Llegamos a Vera, procedentes de Barcelona, bien entrada la madrugada bajo una lluvia torrencial. Y, como era de esperar, amaneció de la misma guisa.

Desayunamos y partimos para el sorteo con la convicción de que la corrida se iba a suspender. El ruedo estaba cubierto de agua y seguía lloviendo. Pasamos a la zona de corrales y allí esperamos un rato a que apoderados, cuadrillas y autoridad tomaran una decisión. Poco antes de las 12 a.m., como era de esperar, se acordó la suspensión.

En ese momento, mi labor se centra en avisar al torero y, luego, elaborar una lista de gastos para pasársela a la empresa: Gasolina, hotel, comidas, sueldo del mozo de espadas, del “ayuda” del mozo de espadas y de los chóferes. Banderilleros, picadores y torero no cobran por suspensión. La idea sería que, éste último, si bien no va a percibir honorarios, al menos cubra gastos.

Una vez finalizado todo este trámite, regresamos al hotel y ahí surge el siguiente dilema: tenemos un día por medio y luego un festival en Alquerías (Castellón). ¿Qué hacer? ¿Regresar a Madrid y volver a salir nuevamente de viaje al día siguiente por la tarde con idea de llegar a dormir a Villarreal – a pocos kilómetros de Alquerías -, o quedarnos en Vera y partir tranquilamente a la mañana siguiente? Teniendo en cuenta que a Madrid desde donde estamos hay algo más de 4 horas, que al día siguiente serían otras tantas y que, además, algunos miembros de la cuadrilla vienen de otras ciudades – Jaén, Sevilla o Cáceres -, el sentido común y la logística nos dicen que lo más apropiado es quedarnos en Vera y partir para Castellón al día siguiente después de desayunar. La misma cuestión se le plantea a la cuadrilla de Manzanares – con la diferencia de que ellos suelen salir desde Sevilla -, que también decide hacer lo propio. Cierto que a estas alturas de la temporada – como sugiere alguien - se agradece pasar por casa aunque sólo sean unas horas…pero, ¿desde cuándo practicidad y sentimientos han ido de la mano?

No para de llover y el día en el hotel – un pequeño vergel con campo de golf en medio de la árida Almería – se hace largo y tedioso. Unos ven la televisión – es domingo por la tarde y hay mucho deporte -, otros conversan, otros juegan a las cartas… Me recuerda un poco al ambiente que se vive en los hoteles de América, en que se pasan muchas horas de convivencia con otras cuadrillas sin apenas pisar la calle.

Y en eso nos sorprende la noche. Cenamos en la cafetería con los de Manzanares y luego nos quedamos conversando plácidamente con el maestro Curro Vázquez; deleitándonos con sus anécdotas, con sus experiencias, con su sabiduría vital…hasta poco después de la media noche. Afuera sigue lloviendo y las previsiones son que hasta el miércoles, por lo menos, no cambie el tiempo. Ya veremos. Ahora toca dormir, que mañana será otro día.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Baza, Zújar y La Alcanacia

Tardes como la de Valladolid dan mucho “sitio” y moral a un torero para afrontar sus próximos compromisos. La cena en el hotel trasncurre en un ambiente distendido. Queda poco menos de un mes para que finalice la temporada y las cosas marchan bien. Hay un día por medio antes de la próxima corrida – Baza – y, como además, para llegar hasta allí hay que pasar por Madrid, decidimos marcharnos a dormir a casa y partir al día siguiente por la tarde hacia Granada. La idea, cenar en La Mezquita, todo un clásico de los viajes al Sur a través de Despeñaperros, y luego continuar camino de Baza.

Los hoteles se suelen reservar con mucha antelación, ya que nosotros necesitamos unas 7 habitaciones y es frecuente que las corridas coincidan con fiestas locales de mucha demanda hotelera. En este sentido, las ciudades grandes son menos problemáticas en general; pero en los pueblos pequeños, que habitualmente disponen de poca oferta, si la reserva no se hace con tiempo, el asunto se puede complicar. Y Baza no fue una excepción. Cuando llamé para hacer la reserva, allá por principios de Julio, en el hotel donde suelen parar cuadrillas y toreros me dijeron que estaban completos para esas fechas porque, además de las fiestas, tenían una boda que había bloqueado todo el hotel.

Esto me hizo tener que moverme en busca de otra alternativa. Indagué por Internet y encontré un par de hoteles en el mismo Baza, pequeños y con buena pinta pero ninguno disponía de 7 habitaciones libres. Aunque en el último que llamé me pasaron el dato de uno que parecía interesante. Un poco lejano sí – a unos 20 minutos de Baza – pero tranquilo. Tras analizar los pros y los contras, decidí hacer la reserva allí.

Situado en la zona de los Baños Termales de Zújar, a unos 5 km. del pueblo homónimo, se haya el hotel rural La Alcanacia, que toma su nombre de una antigua fuente situada en los alrededores del pueblo. Sus 18 habitaciones, cada una de ellas decorada de una manera distinta, se disponen en torno a un patio central mezcla de casa andaluza y estancia colonial. Completan el edificio una preciosa sala de lectura, un spa y un comedor desde donde poder saborear deliciosos manjares disfrutando de sus maravillosas vistas del embalse del Negratín a través de sus ventanales.

Sus dueños, Carlos y Gregorio, uno músico y otro actor, uno granadino y otro barcelonés, con una amabilidad y una educación exquisita, me muestran cada rincón del hotel con el orgullo de un padre que habla de su hijo. Llevan tiempo con el proyecto. Poco a poco lo van mejorando, lo van ampliando. Lugar ideal para perderse y desconectar. ¡Ni siquiera hay cobertura!

En lo taurino, la corrida no acabó de servir en general. Como detalle negativo, esa tarde compartíamos cartel con Alejandro Amaya, joven torero mexicano que al día siguiente partía hacia Las Vegas para tomar parte en el primero de los controvertidos festejos que tenía programados el polémico Don Bull. Una cornada muy fea le impidió acabar su actuación y, por desgracia, viajar para América. Me cuentan que su recuperación ha sido buena..

Tras la corrida, con un sabor amargo por el percance, regresamos al hotel. Ducha, cena y partir rumbo a otra ciudad. Al despedirme de Carlos y Gregorio, no puedo evitar hacerles una pregunta que ronda mi curiosidad desde hace unas horas: ¿Cómo dos tipos con esas profesiones – uno músico y otros actor – en la flor de su edad productiva – en torno a los 40 años – lo dejan todo en una gran ciudad para venir a instalarse en un entorno rural, aislado y lejano, para apostar por un proyecto bonito pero que les aleja de sus ocupaciones originales? Se miran y sonríen, noto que no soy el primero que les pregunta lo mismo. “Es que el hotel es sólo una parte de un proyecto a más largo plazo. Nuestra idea es poder llegar a organizar en algún momento un festival musical o quizá cinematográfico…en cualquier caso, un proyecto más ambicioso relacionado con la cultura en este precioso entorno rural. Poquito a poco. Ya veremos”. Mensaje recibido. Me gusta esta gente. Estaremos pendientes…

http://www.alcanacia.com/

Próxima estación: Parla.


Detalle de mi habitación en La Alcanacia.