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lunes, 21 de marzo de 2011

Valencia y la suerte

Sábado, 19 de Marzo de 2011


La suerte es una dama caprichosa a la que le gusta desconcertar. Desleal, ácrata, frívola, exhibicionista…reacia a protocolos y convencionalismos, gusta de presentarse sin llamar y marcharse sin decir adiós. Te embauca, te seduce…y sólo a veces, de vez en cuando, te invita a bailar…

Otros años, en este mismo escenario, nos eligió a nosotros. Estas Fallas el pasodoble se lo marcó con otros.

Como anécdotas de Cayetano para el recuerdo, esa tercera porta gayola de su vida taurina y el detalle de vergüenza torera que tuvo, no sólo de realizar toda la faena con la mano izquierda desde el mismo momento en que su primer toro se partió el pitón derecho, sino también de entrarlo a matar con ese brazo en un homenaje implícito a su abuelo, Antonio Ordóñez, que ya hiciera lo mismo en una situación similar hace años.

Hoy día de San José por la mañana, Valencia sigue oliendo a pólvora y fuegos artificiales mientras nosotros abandonamos la ciudad rumbo a La Rioja siguiendo el rastro animal de la suerte… ¡la encontraremos!

Estatua homenaje en los exteriores de la plaza de toros de Valencia al torero de plata valenciano "Manolo Montoliú", cogido mortalmente en la Maestranza sevillana el 1 de Mayo de 1.992.

martes, 24 de noviembre de 2009

Tríptico de Barcelona III: A porta gayola

Tercer toro de la tarde, el torero que no ha comido se ajusta la montera, coge el capote, clava la mirada en la puerta de chiqueros y se dirige hacia allí con paso firme. La gente entiende el gesto, esto era algo muy común en ese torero de otra época por el que hoy se ha guardado un minuto de silencio, una especie de carta de presentación suya. Una nueva ovación va naciendo mientras el torero que no ha comido avanza decidido, dibujando una línea recta sobre la arena, sin atajos ni dudas, camino de la puerta de toriles.
No es algo común en él, sólo lo había hecho una vez antes, todavía de novillero, en una “nocturna” en Málaga. El novillo de Manolo González, con problemas en la vista, nada más salir se paró justo unos metros delante del torero, que lo esperaba de rodillas sobre el albero. Una mala experiencia.

Han pasado varios años ya desde aquello y, el hoy ya torero, sigue avanzando con paso firme sobre la arena entre el clamor de los tendidos. Todos tenemos nuestros segundos de sorpresa e incertidumbre, pero una vez comprendido el gesto, reaccionamos y actuamos en consecuencia. En mi caso, Roberto el “ayuda” y yo nos miramos y, capote en mano, corremos en dirección contraria por el callejón para situarnos cada uno a un lado de la puerta de chiqueros "por si acaso”. El torero que no ha comido llega a su destino y se clava de rodillas. La montera hasta las cejas y la mirada fija en la puerta de toriles. El mismo gesto, la misma actitud…el tiempo se contrae y la imagen del torero que no ha comido se solapa con la del torero de otra época. En los tendidos continúa la ovación. Desde el callejón le gritan al torero que coja el capote con las dos manos. Suenan los clarines y se abre la puerta de toriles. Se hace el silencio en la plaza, todas las miradas clavadas en el agujero negro que está delante del torero que no ha comido. Yo respiro hondo, tengo un nudo en la garganta y la mirada nublada. Sé que quienes están a mi lado también. Por eso no quieren mirarme, por eso no quiero mirarlos, porque no queremos sorprendernos…emocionados.