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jueves, 24 de septiembre de 2009

Hora de vestirse

La puerta de la habitación de un torero marca una barrera infranqueable entre dos formas de tensión. Una explícita y otra implícita. El ritmo frenético que se desata por la mañana desde que abandono el hotel camino de la plaza, es un “rayo que no cesa” hasta que traspaso por la tarde, a la hora de vestir al torero, esa “línea roja” que supone la puerta de su habitación. Entonces, el ruido y el barullo, dejan paso al silencio y la calma tensa, los movimientos rápidos y bruscos, a los lentos y ceremoniosos, la multitud, a la soledad, el exceso de luz, a la penumbra… y el teléfono se convierte en un amante despechado, al que trato de ignorar por un rato y que, celoso, no para de vibrar en mi bolsillo, recordándome que, ahí afuera, el mundo sigue girando y que “arrieritos somos y en el camino nos encontraremos”…

3:30 pm., Jesús, el chófer de la cuadrilla, o simplemente “el tío” como le llamamos cariñosamente, me deja en el hotel del torero. Subo a “despertarle” y, mientras se ducha, voy “montando” la capilla y la silla - hoy, por la lejanía del hotel y el tremendo ajetreo, no he tenido tiempo de venir a hacerlo al mediodía - . Al finalizar, abro la ventana, un añejo olivar se extiende en primer plano y, a lo lejos, inexpugnable sobre su balcón de piedra, se asoma Ronda.

Mi mente viaja 500 años atrás, cuando esta ciudad, antes fenicia y romana, se llamaba Arunda y era árabe. Un hombre ensimismado pasea entre estos mismos olivos soñando despierto. Anhela pisar algún día sus calles y comprobar con sus propios ojos si realmente es tan bella como cuentan los viajeros. A la luz de una luna llena, su abismo de roca, muralla natural, toma el color ceniciento de los muros de una catedral. Esa imagen quedará grabada en su retina y quizá por ello, cuando días más tarde “entre” en la ciudad, mandará levantar una iglesia que posteriormente será consagrada al Espíritu Santo. Se llamaba Fernando y era “Católico”. El año, 1.485. Se llama Cayetano y es torero. El año, 2.009. En poco menos de una hora, nosotros también partiremos, a través del serpenteante camino que asciende, a la “conquista” de Ronda.



El torero ha acabado de ducharse, antes de afeitarse, se asoma un instante a la habitación. “Creo que se me ha olvidado torear”, dice nervioso. Buena señal, pienso. Eso mismo ya lo dijo antes de su debut con picadores, de su la alternativa y de su confirmación en Madrid. Vamos por buen camino.

El traje goyesco luce radiante sobre la silla después de un año a la sombra de un armario. Entra en la habitación Emilio “Caracafé”. Como ya hiciera hace un par de años en Valencia (Venezuela), Cayetano le ha pedido que viniera a tocarle “por soleares” mientras se viste. Hay un segundo invitado especial, Pedro Piqueras, excelente periodista, gran persona y muy buen “aficionado”. Comienza “la ceremonia”, sólo la guitarra de Emilio, con su quejío desgarrado, rompe el silencio. Primero los leotardos y las medias, luego las ligas y la taleguilla. Emilio sigue acariciando su guitarra desde un rincón mientras Pedro observa mudo desde otro. Cada uno cumple escrupulosamente su papel para no romper la magia del instante. El olivar continúa ahí afuera, resplandeciendo a la luz de Septiembre. Y Ronda… Ronda a lo lejos, esperando nerviosa como un novio en el altar. En ese momento me siento un privilegiado. Tantas horas de campo en el frío invierno, tantas horas de carretera, de soledad fuera de casa sin ver a los amigos ni a los seres queridos... todo, todo ese sacrificio, pienso, cobra sentido en un instante como éste. Ya sólo falta que en la plaza embista un toro.

4:30 pm. Hora de partir…

lunes, 21 de septiembre de 2009

Mañana de Goyesca

Cada pueblo tiene sus fiestas patronales dedicadas a algún santo o a alguna virgen. Ronda no. Las fiestas mayores de Ronda están consagradas a un torero, Pedro Romero, quien sentara las bases del toreo a pie allá por la segunda mitad del siglo XVIII.

La Goyesca es una corrida muy singular, por su marco, por su colorido, su indumentaria, sus gentes… que todo torero quiere torear alguna vez en la vida. Hay otras “goyescas”, pero no son La Goyesca.

Para mí particularmente, además de por todas esas razones, es un día muy especial por tratarse de “mi pueblo”. En cuántas ocasiones no habré ido de niño a “colarme” a los toros. Algunas veces nos encerrábamos en un pequeño cuarto de baño de la plaza, desde por la mañana temprano, con un bocadillo y una Coca Cola; otras, saltábamos un muro cubierto de cristales que daba a los corrales (cuando no existía todavía el “obstáculo” del teatro “Vicente Espinel”); o simplemente, muy bajitos todavía, nos mezclábamos entre la gente que hacía cola para entrar. Recuerdo qué “difícil” nos lo “puso” la seguridad del Conde de Barcelona cuando éste asistió, allá por 1.985, a la corrida extraordinaria que se celebró con motivo del 200 aniversario de la plaza. En el cartel, Curro Romero (tabaco y oro, si no recuerdo mal), José Antonio Campuzano y Espartaco.

Pues bien, ya ha llovido bastante desde aquellos días (seguro que la gente del campo no opina lo mismo). Otros tiempos, otras circunstancias, otro siglo, otro milenio, pero una misma pasión, una misma tradición: la goyesca de Ronda, es decir, La Goyesca.

Sábado 9 am. Suena el despertador en la habitación 213 del Hotel Reina Victoria. Me asomo un instante al balcón, la belleza inmensa del valle del Guadalevín y de la Serranía de Ronda me emocionan. ¡Tantos recuerdos!. Sobre mi piel, la brisa suave de un verano que se resiste a morir sin ver antes a Cayetano sobre el albero rondeño.

Intento disfrutar cada segundo, cada momento de este día. Después de desayunar, parto caminado, calle Jerez abajo, hasta la plaza de toros. Las calles comienzan a desperezarse. A la altura de “la Alameda”, paso junto a la estatua de Pedro Romero, que me da la espalda mirando al Tajo. "Hoy es tu día", pienso. Unos metros más abajo, esta vez sí de cara, enmarcando la puerta de La Maestranza, las estatuas de Cayetano Ordóñez, “Niño de la Palma”, rematando con el capote, y la de Antonio Ordóñez, en actitud de desplante con la muleta. El padre mira orgulloso al hijo, el hijo mira altivo al frente. En ambas, como cada año, ramos de flores enviados por sus familiares.





Entro en la plaza por el patio de cuadrillas. Muchas caras conocidas, gente a la que no veo hace tiempo y a la que me alegra poder saludar. Mientras en los corrales tiene lugar la ceremonia del sorteo, yo me dirijo a las oficinas a través del callejón. Me detengo un instante a mitad de camino, el espectáculo incomparable de la plaza vacía se abre ante mis ojos. El silencio solemne de sus tendidos, antaño de madera de pinsapo, su ruedo de piedra, bajo cuyo albero, justo delante de la puerta de toriles, están depositadas las cenizas del maestro Ordóñez. Continúo mi camino. Ya en las oficinas, mucho trajín, gente que entra y gente que sale, lío de entradas y de pases de callejón. Me encuentro con Pepe Luis Martín, penúltimo eslabón de los toreros rondeños, antiguo compañero mío de colegio; le cuento lo que me alegro cada vez que paramos en alguna venta o en algún lugar de paso y veo una foto suya.

Acabo mis trámites y parto dirección al “Doña Pepa”, en la plaza del Socorro, donde, como cada año, comemos las cuadrillas. Qué buen ambiente, qué bien nos tratan y, sobre todo, qué bien se come…

Al finalizar, vuelta al “Reina Victoria”, a preparar las cosas y partir luego, con Jesús, el chófer de la cuadrilla, camino del hotel del torero, situado en el “Llano de la Cruz”, a pocos kilómetros de Ronda dirección Sevilla.

Se acerca la hora…