Hay muchas razones, tanto profesionales como humanas, por las que podría decir que su retirada supone una gran pérdida para la fiesta, pero hoy quiero hacer referencia a una de ellas en especial: no llegar a conocer más en profundidad a su fiel mozo de espadas, el “gran” Tin, como lo suele llamar nuestra común amiga Anya. Especie de Alter ego del maestro después de tantos años juntos – todo el mundo pregunta si son hermanos –, cuando hemos coincidido en un callejón, aparte de su calidez humana, siempre me ha regalado alguna anécdota que echarme al alma. En Valladolid, por ejemplo, entre toro y toro, me obsequió con una preciosa:
Había, hace años, un hostal en frente de la plaza donde solían parar las cuadrillas, que no los matadores, cuando toreaban en la ciudad. Era uno de esos establecimientos de antaño con baño comunitario en los pasillos y escasa confortabilidad. A pesar de su precariedad, parece ser que preparaban muy bien los caracoles, una de las debilidades del maestro Esplá. El caso es que esto debió llegar a oídos de los dueños y todos los años, cuando arribaban a Valladolid para torear en la feria, le tenían preparada al mozo de espadas una caja para que se la hiciera llegar al maestro. Tin no me explicó si por una cuestión de deferencia o de simple sencillez personal – seguramente las dos cosas –, pero el caso es que el maestro también llegó a alojarse con la cuadrilla en el Hostal Lucense en alguna ocasión.
La anécdota estuvo varios días rondándome la cabeza, tenía curiosidad por conocer algo más sobre aquel “romántico” lugar. Así que una tarde que andaba aburrido, con el espíritu de un explorador en busca de mundos ignotos, introduje “hostal lucense Valladolid” en el Google. Una cierta impaciencia recorrió mi cuerpo mientras esperaba que el buscador “escupiera” sus resultados. Al cabo de unos segundos, palabras como “TSJ”, “bloqueo”, “edificabilidad”, “desacuerdo”, “vecinos"… me dieron mal presentimiento. Eché un vistazo rápido a todos los titulares y, sin saber el porqué de mi elección, pinché en uno cualquiera de ellos. A medida que avanzaba por el texto, mi curiosidad se iba tornando decepción. Resulta que “El Lucense” llevaba varios años cerrados y en un estado ruinoso. La causa, un desacuerdo especulativo entre vecinos. Me puse a indagar entre las pocas fotos suyas que encontré en Internet. Y, aunque pequeñas y de mala calidad, esto no impidió que me imaginara en ellas a un grupo de aficionados en la puerta esperando para ver partir a las cuadrillas camino de la plaza o a unos banderilleros sudorosos comentando las dificultades del segundo toro de la tarde - “¡Cómo esperaba el cabrón!" -, mientras descendían de la furgoneta de regreso al hostal. Es curioso, pero incluso llegué a sentir nostalgia de algo que nunca viví, de un lugar que ya nunca llegaré a conocer. Volví a mirar las fotos intentando descubrir detalles nuevos. El edificio no parecía tener ninguna característica arquitectónica especial. Algún día, una razón poderosa llamada dinero, hará que los vecinos se pongan de acuerdo. Entonces, como en Cinema Paradiso, un escuadrón de máquinas sin alma invadirá las entrañas del Lucense sepultando los recuerdos para siempre, mientras un minúsculo grupo de personas contempla la escena desde la acera de enfrente. El edificio se irá convirtiendo poco a poco en un amasijo de hierro y cemento. Y entre nubes de polvo y el estruendo de muros al caer, quizá algún viejo sentimental derrame una lágrima en silencio. Será ley de vida. Como en Cinema Paradiso.
Foto: Anya Bartels-Suermondt
De izquierda a derecha: Tin, Ramiro Curá y Nacho Lloret (abogado de Simón Casas) en la plaza de toros de Málaga (Agosto de 2009).
Hostal Lucense