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jueves, 17 de septiembre de 2009

Palencia 2009

- “Echa el negro y oro”
- “Pero…ése fue con el que el año pasado en Palencia…”
- “Sí, ya sé, por eso, échalo”

Normalmente, antes de partir de viaje, suelo llamar al torero para que, en función de las plazas y los días seguidos que tenemos, me diga si tiene alguna predilección por un vestido para algún día concreto. Y en este caso lo hice antes de viajar a Linares, ya que teníamos 4 corridas seguidas sin pasar por casa (Linares, Requena, Tarazona y Palencia).

Reconozco que me lo esperaba, ya había hecho lo propio al ponerse de nuevo el “berenjena y azabache” en El Puerto de Santa María, cuando volvió a torear allí después de una grave cornada. Cayetano no es supersticioso, suele decir que cada uno traza su propio destino. Por tanto, para él, ninguna relación traje-mala suerte: “Este vestido no va a poder conmigo, lo tengo que domar”. ¡Ése es mi torero!

La mañana antes de Palencia, desayunamos en “Las Brujas de Bécquer”, en Tarazona, y partimos dejando atrás tierras aragonesas dirección Castilla y León. Por el camino, paramos a comer en “La Varga”, a la altura de Burgos. Allí, como siempre, nos recibió Encina con una amplia sonrisa y un delicioso aperitivo de morcilla de arroz. A primera hora de la tarde, alcanzábamos nuestro destino. “Esta vez espero no veros más de un día”, bromeé con la chica de recepción al hacer el check-in.

Cayetano no había dormido en Tarazona. Tras la corrida, aprovechando que al día siguiente (31 de Agosto) no tenía corrida, viajó a Madrid con la idea de probarse el traje goyesco por si había que darle un retoque de última hora. La temporada pesa y los toreros suelen llegar a estas alturas con algún que otro kilo de menos. Después del sastre, partió con Curro Vázquez y Ángel, el chófer, hacia Palencia. Quería llegar temprano para pasarse por el hospital “Río Carrión” a saludar al equipo médico y, de paso, entregarles unas fotos dedicadas que llevábamos un año “debiéndoles”.

Por la noche, nos reunimos todos en el “San Remo”, un restaurante situado junto al hotel, donde el año pasado cenamos toda la cuadrilla casi en silencio mientras esperábamos noticias tranquilizadoras desde el hospital y donde, en alguna ocasión, comimos Curro Vázquez y yo los días posteriores al percance. Es curioso pero, de todos los presentes, el único que no había estado nunca en el “San Remo”, era el torero. Terminamos temprano, así que, antes de dormir, Cayetano y parte de la cuadrilla decidieron ir al cine, otros preferimos dar un paseo. .

Hacía una temperatura casi veraniega en contraposición con estas mismas fechas del año pasado en que ya refrescaba. Desde el cercano río Carrión, que cuántas veces no atravesaríamos Curro y yo cada día camino del hospital, llegaba el eco de fuegos artificiales. Las calles bullían de gente. Atravesamos la Plaza Mayor, luego la calle Mayor (se me viene a la memoria “Plenilunio”, esa película con Juan Diego Botto sobre un libro de Muñoz Molina que se rodó por estos escenarios)…hasta llegar a la Iglesia de San Antolín, ya próxima al río, en donde decidimos que se hacía tarde y había que emprender el camino de regreso al hotel.

1 de Septiembre, hora de vestirse. Charlamos distendidos, engañando a los nervios. Cuando estamos finalizando la “ceremonia”, entra en la habitación a saludar Pedro Toledano (gran persona, periodista y amigo personal que lo fuera de Paquirri). Nos hace notar un detalle: ¡Cayetano se había olvidado de afeitarse! La anécdota nos sirve para reírnos. ¿Será Palencia? ¿Será Ronda? ¿De todo un poco?

Comienza la corrida, en el segundo toro, emotivo brindis al equipo médico. Faena vibrante, dos orejas y puerta grande. Camino de la furgoneta, me paran un par de veces para saludarme (personal del “Río Carrión”). Hay muchísima gente, cuesta abrirse paso, a duras penas alcanzamos el cochecuadrilla. Un hombre de mediana edad intenta defender el espacio ganado frente a la puerta del copiloto, donde me siento yo. Levanta el brazo izquierdo mostrando una gran cicatriz, hay mucho ruido, no comprendo lo que trata de decirnos. La furgoneta comienza a avanzar lentamente entre la multitud. El señor sigue con el brazo levantado mostrando la “medalla de guerra”. Su imagen se entremezcla con la de gente que golpea la ventanilla pidiendo fotos. Entre tanto grito y tanto caos, alcanzo a entender: “¡Cayetano, yo compartí UVI contigo el año pasado! “, dice orgulloso.

¡Qué buena es la gente!, pienso emocionado. En mi memoria, el proceso geológico sigue imparable su curso. Nuevos sedimentos comienzan a depositarse sobre los antiguos. El año que viene, si regresamos y hay tiempo, volveré a pasear nuevamente por la calle Mayor, llegaré hasta la iglesia de San Antolín, cerca del río, y a mi mente acudirán recuerdos de fuegos artificiales, de faenas emocionantes, de puertas grandes y, sobre todo, del enorme cariño de la gente.

Al llegar al hotel, algún banderillero bromea: “Ahora hasta el sábado, cuídate, no vayas a resbalarte en la bañera o te pille un coche al cruzar por una “cebra”". Reímos todos. “Me voy a meter en una urna de cristal hasta la Goyesca”, responde el torero. Se respira alegría, satisfacción, ilusión… buen rollo. Hasta el “Cristo del Otero”, desde su altura de colina, sonríe.

Objetivo cumplido: Traje negro y oro domado. Ahora sí, la siguiente parada, si el tiempo no lo impide, será Ronda…