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jueves, 26 de abril de 2018

Tentadero en El Torreón

Surgió de la sombra de una encina en medio de la tarde extremeña. Cercano y afable  desde el primer momento. Ajeno a cualquier protocolo. Cálido. La piel tersa a pesar de la edad. La cadencia de su habla delatando un deje de ultramar.


Nos condujo hasta la plaza de tientas y, durante el tentadero, permaneció a mi lado mientras yo grababa. “A ésta hay que darle más distancia”. “Yo la pondría más cerca del caballo". “Demanda un toreo en línea”

Didáctico sin caer en la pedantería. Conversando casi en susurro para no molestar. Atento en todo momento al comportamiento de las vacas. “El toreo está en las palmas”. “Los dos brazos deben ir siempre a la misma altura”…¿Sabes que la primera vez que me puse delante de un animal fue directamente de un toro de 450 kilos?”. “Me hubiera encantado ser torero pero éramos muchos en casa y había que ayudar.”

Tentadero en El Torreón

Sale la última vaca  y don Gonzalo sigue desgranándome su vida mientras yo grabo y permanezco atento a mi matador.  “Tuve que ponerme a trabajar muy pronto de albañil, a los 8 años. No pude dedicarle tiempo al toro aunque me divertía toreando de salón.” “Mi infancia y mi vida no han sido fáciles”, concluye con una sonrisa a medias que camufla una mirada involuntariamente abanta del ruedo por unos segundos.


Su hijo sigue dirigiendo el tentadero desde una ventana. Su hijo, ése mismo que un año abrió 4 veces la puerta grande de Las Ventas. Ése al que una tarde Madrid le cambió la vida cuando lo erigió “su césar”.

César Rincón y Curro Vázquez, dos "toreros de Madrid"

lunes, 31 de mayo de 2010

De ascenso de ríos y cantos rodados

Sábado, 9 de Enero de 2010

El torero es testarudo, cuando se le mete algo en la cabeza – no hay más que acordarse de su idea de ponerse a torear con 28 años – no para hasta que lo consigue. Y eso, en esta profesión, se cotiza al alza. Esta mañana, después de desayunar, Aitor y yo lo acompañamos a dar un paseo. Esta vez, ladera abajo dirección Manizales. Pronto dejamos el concurrido y asfaltado camino principal para perdernos por polvorientos senderos secundarios incrustados en la selva. Deambulamos sin rumbo, por el simple placer de caminar. Al llegar a un precario puente que salvaba un encajonado riachuelo, el torero se para, observa – la alborotada agua discurre entre enormes cantos rodados que ha ido arrastrando la corriente desde la parte alta de la montaña en época de lluvias – y maquina – se disparan mis alarmas -… “¿y si buscamos la forma de bajar y regresamos al hotel subiendo por el cauce?”…

Sobra decir que, media hora que estuvo buscando la manera de abrirse camino hasta el riachuelo por las verticales y espesas laderas, media hora que estuvimos Aitor y yo detrás de él intentando convencerle – sin ningún convencimiento – de que no era buena idea. Y, como era de esperar, cuando nos quisimos dar cuenta, ya estábamos los tres ascendiendo río arriba, saltando de piedra en piedra en unas ocasiones y agarrados a las paredes que lo encajonaban en otras. La idea: llegar hasta las cercanías del hotel por el cauce, sin pisar el agua. Ni que decir tiene que, no habían transcurrido ni 5 minutos desde el “pistoletazo” de salida cuando yo ya había perdido el equilibrio – y de paso la competencia – metiendo los pies hasta las mismísimas rodillas, por no mencionar otros miembros de "ovalada redondez" que están más arriba, en el helado líquido cristalino. La parte buena de esto es que me sirvió para relajarme y, cuando llegaba un tramo complicado, mientras ellos se estrujaban la cabeza – cual jugadores profesionales de golf - dilucidando cómo lo salvarían sin mojarse, yo tranquilamente lo atravesaba con mis zapatillas “caladas”. Total, era llover sobre mojado…

En honor a la verdad, y al ganador, he de reconocer que el duelo estuvo reñido y emocionante hasta casi el último instante en que, en un error de cálculo “imperdonable”, y con el hotel ya a tiro, el torero metió un pie – sólo uno – en el “frío elemento”. Fue un momento "dramático" que quedará para siempre grabado con letras de oro en la historia de los grandes duelos de ascenso de río sobre cantos rodados…

Cambiando de tercio, Curro Vázquez y Carretero habían partido hoy temprano al campo para estar presentes en el embarque de los toros de mañana y en su posterior desembarque en la plaza. Era todavía pronto cuando regresamos de nuestra “aventura fluvial” así que los esperamos para almorzar entrenando "de salón".

Por la tarde, "bajamos" a ver la corrida de Juan Bernardo Caicedo. En el cartel, Uceda Leal y Daniel Luque, que cortó una oreja. Luego, vuelta al hotel, más toreo de salón y un poco de termas. Se hace larga la espera…Compartimos cena con el Dr. Osorio – que vino a examinar el tobillo – y comedor con Manolo Molés y el maestro César Rincón, que a la sobremesa se sentaron con nosotros. Una noche más, la piscina que tenemos delante sigue rebosante de bañistas que se relajan a ritmo de ballenato. Es temprano todavía cuando nos retiramos a descansar. Mañana compartimos cartel con Ponce y Bolívar


Gran ambiente en la plaza de toros de Manizales
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En la puerta de mi bungalow, Álex Caballero, nuestro "ayuda" colombiano, dejando todos los "trastos" a punto para mañana...

lunes, 24 de mayo de 2010

El doctor Osorio

Viernes, 8 de Enero de 2010

Cercano, afable, campechano, buen conversador – sus manos examinan cada día el tobillo mientras sus historias van dando paz al alma - y conocedor de los entresijos de la psicología humana – es de esas personas que rápidamente se aprende el nombre y la función de cada uno -, el doctor Osorio nos inspiró confianza desde el primer momento. Antes de formar parte del Once Caldas, estuvo muchos años vinculado al mundo de la bicicleta, “cuando el ciclismo todavía era el ciclismo”. Fue médico personal de Lucho Herrera - aquel mítico escalador de los 80’s que ganara una Vuelta - y trabajó para el Kelme de Vicente Belda y del también colombiano Fabio Parra, recorriéndose varias veces España, Francia e Italia con la “serpiente multicolor” de pueblo en pueblo. Esta mañana volvió a pasar por el “Termales” después del desayuno, chequeó al paciente al ritmo de anécdotas, comprobó que la evolución seguía su curso según lo previsto y prescribió continuar con el tratamiento intensivo hasta la corrida de pasado mañana.

Luego, con Curro, Aitor y Cayetano, fuimos a dar un paseo ladera arriba del Nevado del Ruiz a través de pedregosos caminos “cavados” en el corazón de la selva. Alguien nos comenta que esta caminata hubiera sido impensable hace muy pocos años debido a la otrora omnipresencia de la guerrilla: “desde que está Uribe, hay más seguridad”, sentencia. La falta de oxígeno empieza a ser acuciante cuando decidimos emprender el retorno. Poco a poco, las cerradas laderas de la parte alta de la cordillera vuelven a dejar paso a los abiertos valles de la zona baja donde esporádicos y ladinos campesinos ordeñan a sus resignadas vaquitas. Llegamos al hotel con el tiempo suficiente para darnos un baño en las termas – Castella, que torea esa tarde, prueba muletas en la puerta de su cercano bungalow -, ducharnos, comer y “bajar” a Manizales a ver los toros.

Buena corrida de César Rincón en la que El Juli cortó un rabo y Castella indultó un toro. Ya de vuelta en el hotel, un poco de toreo de salón, otro poco de fisio, cena y a dormir. De España nos llegan noticias de que ¡hasta Sevilla esta cubierta de nieve! Qué tiempo mas loco…



El doctor Osorio, que estos día está alternando la pretemporada con el Once Caldas con la recuperación del tobillo del torero, con José Antonio Carretero. De fondo, nuestros bungalows del Termales El Otoño.


Volviendo de nuestro paseo por las laderas del Nevado del Ruiz: un lugareño ordeña a una vaquita mientras otra espera pacientemente su turno detrás. Todo sea por degustar el "delicioso"manjar que hay en el bote...