Me levanto un instante a tomar café y vuelvo a mi asiento. Sigo escribiendo, sigo leyendo. En el blog de Imanol, una nueva nota: “Ronda y que se pare el mundo”. Advierto con “envidia” que él y Mikel ya están allí, que se me han adelantado al lugar de encuentro. Me sacan ventaja, ya llevan varias horas disfrutando de sus calles, de sus aromas, de sus paisajes, de su inspiración… ¡de nuestros amigos!
Anoche asistieron a la ceremonia en la que se dio el nombre de nuestro querido y recordado Ángel Harillo Ordóñez al recinto ferial - qué gran persona y qué devoción sentía por Ronda. En la trastienda de su confitería, en la calle de la Bola, nunca faltaba una copa de vino que degustar ni un amigo con quien compartirla -, luego estuvieron en la caseta de la peña de Cayetano pintando hasta altas horas de la madrugada el mural que la presidiría durante todas las fiestas.
Vuelvo a mirar por la ventanilla, hace rato que los ordenados olivos dejaron paso a las anárquicas encinas. Suena el silbido del tren. Empiezo a ponerme nervioso, las manos me comienzan a sudar, apenas atino con las teclas. Sé que estamos cerca, que estamos llegando. Sé que estoy “rondando" la leyenda…
