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viernes, 12 de febrero de 2010

Don Mario

Don Mario llega todas las tardes al caer el sol. Apoya su vieja bicicleta sin frenos en la pared y se sienta sobre una piedra, bajo un árbol, junto al portón de entrada a la finca, a esperar. Las noches del otoño queretano, a 2.300 metros de altitud, son frías y largas. Don Mario, a oscuras, introduce sus arrugadas manos bajo un raído poncho y deja correr las horas sentado sobre su piedra.

Al final del camino de entrada, a escasos 500 metros suyo, los mismos que separan el frío del calor, la luz de la oscuridad, el infierno del cielo, la vida de la supervivencia, se encuentra la estancia: “plasmas” y “cable” en todas las habitaciones, calefacción, hilo musical, piscina climatizada, boxes para caballos que viven como personas…¡luz!.

1 de la madrugada. Noche de cielo raso y luna nueva. Noche helada y oscura. Una camioneta blindada se acerca desde la calle al portón de entrada. Don Mario se levanta a duras penas de su silla de piedra y abre la pesada puerta deslumbrado por los focos. El conductor baja el cristal tintado tan sólo unos centímetros – “hace mucho frío afuera” – y le da las buenas noches sin detener la marcha. Don Mario cierra la puerta y, a la luz de un cigarrillo, arrastra su entumecido cuerpo nuevamente hasta la piedra. Fuma por matar el tiempo, fuma por tener lumbre…por tener compañía.

La imagen nos impacta. “Pero ese señor, ¿pasa toda la noche ahí sentado a la intemperie y sin luz? ¿Y si llueve? ¿No tiene siquiera una garita donde guarecerse?”. Sonrisa de pregunta manida y respuesta automática: “No te preocupes, güey…esta gente es dura. El viejo está acostumbrado”

El problema no es que Don Mario esté acostumbrado, pienso, el gran problema es que aquí, a ver estas cosas, TODO EL MUNDO está acostumbrado.